"Entre lo que se alucina, lo que se quiere ver, lo que se ve realmente y lo que no se ve, el juego es infinito: es ahí donde tocamos la parte más íntima del cine". Serge Daney.

1 de marzo de 2012

Sobre la apariencia, las máscaras, la caída del argumento y el arte de observar (y amar en secreto)

Películas como El topo (Tomas Alfredson, 2011) exigen del espectador una lucha obstinada contra ese paradigma un poco detestable de nuestro tiempo conforme al cual toda experiencia cinematográfica debe nacer, vivir y morir bajo una sola y muy discriminable lógica: la lógica de la información. Una lucha necesaria si se quiere superar la ansiedad del frenesí contenidista, donde la información se traduce en respuestas claras a estímulos verificables, en resultados binarios y contundentes: se gana o se pierde, se muere o se vive, se entiende o no. Ahora bien, si las informaciones escasean, faltan, o no están sino para formar un laberinto de texturas porosas sobre el cual deslizarse, o perderse, hacia otros terrenos (es el caso de El topo), el ideal perentorio de la comunicación argumental (también detestable, al menos en el arte) se quiebra y se cae. Lejos, entonces, del paradigma de la información y la comunicación, El topo es, como cualquier gran película, una experiencia.

La película de Alfredson vendría a ser uno de esos casos donde se vuelve sensible (literalmente sensible) esa idea de Godard de que el cine es una forma que piensa. Y está claro que poco tiene que ver ese pensar con ideas racionales, informaciones, giros dramáticos o mensajes de ningún tipo, sino con la capacidad que tienen las imágenes de hacernos experimentar, desplazando de lugar nuestra mirada y nuestra escucha, una visión particular del mundo.

El plano cero de El topo es la oscuridad y una puerta que se abre. Bien podría imaginarse que quien ingresa es el espectador, y también el espectador quien es advertido de no confiar en nadie, ni dejarse llevar por lo que se dice. Y lo que se dice en El topo es mucho, aunque en un sentido muy especial. Las palabras, las frases, los monólogos, rara vez se transforman en diálogos extensos o discusiones que desencadenen, mediante una tradicional cadena de causa y efecto dramáticos, la escena siguiente; están allí para servir de disfraz, de máscara, y permitir a los personajes moverse, observar, recordar (y amar en secreto). Porque las imágenes de El topo tienen la extraña cualidad de ser motivadas por la palabra (que dispara casi todos los flashbacks) y a la vez diferir de ella, poniendo en evidencia que el lenguaje puede transformarse rápidamente en una repetición, un sinsentido, una banalidad; una máscara más, como los trajes grises o las sonrisas encubridoras. Es en la imagen misma, encorsetada, densa, donde está la posibilidad de descubrir, en su rabioso fuera de campo, lo que está más allá: un deseo reprimido que fluye, se desplaza y, finalmente, estalla.

El topo hace de la guerra fría un esqueleto desarmable de bandos reversibles y poco discriminables, un individualismo confinado a un equilibrio consumista (de información, en este caso), trajeado y gris, donde las más profundas ínfulas de liberación terminan, como en el desenlace de la película, en imágenes utópicas y apolíticas: el asesino y el asesinado virtuales. Porque virtual es la lágrima que comparten, en plano y contraplano. De un lado, una lágrima de plomo (la de un muerto); del otro, una lágrima sin nombre (la de un muerto en vida). (Lo real en El Topo es su cadencia pantanosa, y lo que muestra escondiendo). El héroe gris, que en sus ratos libres nada en aguas quietas, manteniendo incorrupto su primer plano de lentes secos y peinado refinado, descubre al topo, recupera a su esposa y asciende en su trabajo. La vuelta de lo reprimido se enmascara con el orden reestablecido y Tomas Alfredson logra (como lo hacía en Let the right one in) asimilar en imágenes de ilusoria felicidad un ruido sordo que continúa molestando, y la pregunta sobre si la repetición de lo mismo en aparentes otros lugares no es una verdadera señal de peligro.

4 comentarios:

david dijo...

Muy buen texto, Hernán. No vi El topo, pero me alegro de que vuelvas a escribir y no abandones el blog.
Saludos.

Hernán dijo...

Gracias, David. Vamos a ver qué surge de esta nueva etapa en el blog.
Saludos.

Eva dijo...

Buena pelicula, la recomiendo.
Hay que estar atentos para que no se te escape un detalle.

Saludos.

Manipulador de Alimentos

mge dijo...

Qué maravilla de texto. No tengo nada para agregar.

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