Jorgelina quiere crecer. Tener sus espacios, sus tiempos, sus cosas. Quiere entrar en la adolescencia como ya lo ha hecho su hermana mayor, pero todavía no es su momento. Quiere tener privacidad, o más bien necesitar tenerla, pero la urgencia de sus palabras es más veloz que la de su cuerpo. Reemplaza el verano en el mar con su hermana, los amigos de ella y su madre por la estancia de campo junto a su padre. Allí comparte sus días con Mario, un chico de su edad. Jorgelina, ansiosa por crecer, ansiosa por saber, encuentra en él un compañero perfecto para intentar responder a muchas preguntas y quizás resolver el mayor de sus (de los) enigmas: el cuerpo.Poder ser. Qué buena película es El último verano de la Boyita (Julia Solomonoff, 2009). Difícil para un género (el coming of age, como lo llaman los norteamericanos) que suele limitarse a la exhibición de obstáculos vencidos por un personaje que persigue el fin superador de pasar de una etapa a otra, reivindicando a ciegas la idea de que estos pasajes, las postas a superar y las nuevas etiquetas de identificación personal obtenidas llevan nombre y apellido y son fácilmente referenciables. Pocas veces (y éste es el caso de El último verano…) la película se juega a intervenir en dichos pasajes desde una mirada que busca menos la confirmación de lo conocido que la pregunta por lo que puede ser.
Poder ser un cuerpo. También una película puede ser como un cuerpo: un enigma. Tiene un nombre, camina, habla, mira y es mirada, seduce. Muestra en parte, no todo (porque no todo puede ser visto). Lejos de la cultura multimediática que impone la idea (su única idea, quizás) de que todo es factible de ser mostrado, compartido, comprimido y duplicado, el cine continúa resistiendo, y lo hace refugiándose (como siempre) en un tipo de experiencia que no poco tiene que ver con lo mítico, en la búsqueda permanente de una imagen que no siempre se completa, pero cuya aparente y tenue percepción nos permite el contacto, siquiera pasajero, con aquello que sentimos más allá (o más acá) de lo efímero y cotidiano. En ese hacer trabajoso que poco tiene que ver con la comunicación y mucho con la vivencia, el cine permite escapar de lo contingente no a través de la transgresión premeditada o de la promoción panfletaria de un discurso previamente digerido (o sí, pero esas películas importan poco y nada) sino a través de lo que Jean-Louis Comolli llama, del lado del espectador, un saber de otro modo. Y si una película fuera de verdad como un cuerpo, quizás este saber de otro modo se lograría sumergiéndose de cabeza en la experiencia casi carnal de su descubrimiento. Después de todo, rever una buena película es encontrarle, siempre, un nuevo lunar en la espalda.
Para finalizar con semejante paparruchada retórica, me limito simplemente a recomendar esta película, este cuerpo bello y enigmático que jamás invita a poner etiquetas registradas (serializadas, modeladas) de identificación personal, y que comparte con su espectador, sin embargo, las preguntas y la evidencia de lo que puede ser la formación de una identidad. El último verano de la Boyita, el segundo film de Julia Solomonoff.

3 comentarios:
Ahora si, ayer lei el articulo en faceboo y no podia acceder a la web ;-(
Obvio que con semejante recomendación, la tendré más que en cuenta.
Me encanta, debo decirlo, como escribis, no sólo, por la parte literaria de la cuestión, por los vaivenes sonores de las palabras, y la buena construcción, sino además, por cómo haces que todo eso transmita la pasión que uno siente por el cine. En cada escrito tuyo, se aprecia eso.
"Después de todo, rever una buena película es encontrarle, siempre, un nuevo lunar en la espalda" Que maravilla!!! Si hasta me dan ganas de robarte la fraseeeeee ;-)
Después de tal posteo, redoblo mis ganas de ver El último verano de la Boyita. Lástima que ya casi no esté en cartelera.
Parece que con las películas potables se aplica el refrán que dice: "de lo bueno, poco"
Dialoguista: muchas gracias por los elogios. Te mentiría si te dijera que no busco algo de eso cuando me pongo a escribir: transmitir por otro medio la satisfacción que me produjo una película en la sala de cine o fuera de ella. Aunque supongo que también (y más cierto aún) lo que busco es entender, a través de las palabras, por qué me gusto tanto una película y tan poco otra. Un saludo grande.
Mge: una verdadera lástima, creo que sólo la están dando en el Gaumont, donde la imagen es casi traslúcida porque la fuente del proyector tiene menos luz que la sala de cine. Pero supongo que el detalle de la sala importa menos que ir a ver esta hermosa película en una sala de cine. Los amantes, de James Gray, es otra joya entre los últimos estrenos. Pero es verdad: de lo bueno, poco (como en todos los órdenes).
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