El cine amartelado y la actividad del espectador*Por Javier Demaría
"Nuestra verdad posible tiene que ser invención, es decir escritura, literatura, pintura, escultura, agricultura, piscicultura, todas las turas de este mundo. Los valores, turas, la santidad, una tura, la sociedad, una tura, el amor, pura tura, la belleza, tura de turas (...). Picasso toma un auto de juguete y lo convierte en el mentón de un cinocéfalo (...). Del tornillo a un ojo, de un ojo a una estrella... ¿Por qué entregarse a la Gran Costumbre? (...)".
Rayuela, capítulo 73 (fragmento), Julio Cortázar, 1963.
En el vademécum propedéutico que David Bordwell realizó junto a su académica esposa Kristin Thompsom, El arte cinematográfico, la pareja desarrolla en un didactísimo planteamiento la idea de cuatro entradas posibles a partir de los significados de un film: referenciales, explícitos, implícitos y sintomáticos. Los dos primeros, dice, corresponden a la esfera de la actividad comprensiva mientras que los dos segundos constituyen la labor de la interpretación. Sienta las bases así de una actividad cognitiva por parte del espectador, estableciendo niveles de problematicidad en relación al objeto fílmico percibido, a la vez que establece con claridad meridiana -verdad de Perogrullo, si se quiere- que para interpretar antes hay que comprender.
El estudio pone en juego la actividad del espectador. Narrar o comentar el argumento de una película, situarlo en una época y en un tiempo o intelegir la sucesión de acontecimientos y peripecias tiene un valor base rebasado por la interpretación que se construye de una mirada más atenta, de relaciones al interior del film pero también de éste en relación con otros filmes y con la cultura que lo produce, para certificar un parecer fuertemente valorativo y discernible. La empresa de Bordwell & Thompson extrae estos significados no de un mar proceloso de mitos y divulgaciones sino de la propia materia significante del film, estratificada por niveles de complejidad. Se habla aquí, por supuesto, de un espectador entrenado, especializado, profesional y activo en la medida que acusa una relación disciplinaria con su objeto de estudio. Pero, ¿qué ocurre con el espectador común y corriente, aquél que ve películas por los más variados motivos que uno pueda suponer?
Todo espectador -dice Francesco Casetti, teórico fogonero de la enunciación fílmica- es ya un crítico en potencia, desarrolla casi sin querer esquemas, mapas y cuadernos de bitácoras que poco más de cien años de este arte han sedimentado. Todo espectador -aun el más adánico o ágrafo- está enterado de la técnica y de los mecanismos de producción, cruza lecturas y establece relaciones. “Nuestra verdad posible tiene que ser invención”, dice Cortázar en la cita de más arriba, o sea arte, pero la invención, como la epifanía, es fugaz e incomunicable, todo lo contrario de la cultura (donde cultura tendría que leerse como la institucionalización y previsión de lo fabricado integrado al quehacer humano mientras que el arte sería aquello que siempre se está deslizando, parpadeando, inasible y resbaladizo, y que cuando logra decirse algo sobre él, pasa a ser cultura). Nuestras existencias hechas de transitoriedad arraigan en el humus de la cultura pero intentan elevarse por sobre ella, porque no queremos conformarnos con ser un mero número, nombre o el resultado laborioso de una constatación pasajera de un entimema al uso. En tal caso, un espectador activo necesita una película que permita ejercitar esta actividad que, como dice Roland Barthes, está tan cerca del erotismo y de la intermitencia como esas imágenes discontinuadas a veinticuatro cuadros por segundo que nos empujan a su encuentro.
Decir cine-arte ya es parte de la cultura, con sus lecturas esclarecedoras y catálogos de ocasión. Tal vez habría que recuperar la idea del sentido obtuso que sostuvo Barthes para indicar aquello que, estando en un film, me pertenece a mí, como espectador, y a nadie más, aquello que arranco del film para quedármelo, para integrarlo en mi experiencia de vida y sin lo cual mi vida sería más incompleta.
Las películas de Lucrecia Martel tienen el mérito de la diferencia y de la apuesta. Un cine que se abre desde sí mismo, un cine de prueba y salto mortal. Lucrecia Martel como realizadora ensaya con su cine y se corta del grueso pelotón de los demás cineastas en donde los hay costumbristas, neocostumbristas, disruptivos y atonales. Hoy la manida bandera de NCA (Nuevo Cine Argentino), con su cómodo membrete, ya no le hace justicia a una directora que arrancó con un western regional como Rey muerto (cortometraje), en el que empezaban a asomar prácticas estilísticas y tematizaciones que volverían a desarrollarse en su obra posterior.
En el panorama del actual cine argentino parecería no haber otro cineasta que, como Lucrecia Martel, se plantee tan seriamente aquello de reverenciar, de vez en cuando, este arte lleno de artificio y verdades.
*La presente nota no es una crítica sobre la película La mujer sin cabeza, sino que utiliza este último estreno de Lucrecia Martel como disparador para reflexionar sobre otras cuestiones.

6 comentarios:
En general en las tres notas se critica una cierta estupidez de parte del espectador, seria bueno también tener en cuenta que algo por mas bueno que sea puede no interesar. Y no por una cuestión de inteligencia o capacidad, si no por gusto independiente de esa capacidad o costumbre intelectual. Un heterosexual podría tildar de incapaz o estúpido a un homosexual (o viceversa), frente al cual sus relatos de sus mejores actos sexuales no llegan a provocarle algún deseo, los actos podrían ser magníficos, y realmente grandes proezas y vivencias... pero aun asi mas alla de comprenderlos, no despertar ningún deseo... es cierto que hay estupidez a veces, pero también es cierto que hay elección, gustos e intereses.
Saludos.
Hay cierta costumbre en una nueva generación de críticos de cine o literarios de establecer a partir de la redacción de sus notas un distanciamiento con el interlocutor. En el peor de los casos, esta necesidad podría tratarse de un mecanismo argumentativo demasiado arraigado como para que el autor advierta la superfluidad de algunos términos o firuletes retóricos. En el mejor de los casos, sólo se trataría de una pose generacional, o un signo de filiación a una élite o grupo de exclusivos (algo así como los estudiantes de cine hacen lo posible para enseñar "Esculpir sobre el tiempo" bajo el brazo, porque los que hacen cine son los iluminados que no cedieron a la domesticación del sistema). De ser así, la solución podría no necesitar de absurdas terapias psicoanalíticas y sólo bastaría que Homero Alsina Thévenet se levante de su tumba y les pegue un coscorrón a unos cuántos. Vamos, señores, que la sabiduría no es cuestión de vocablos sino de saber transmitirla.
¿Por qué digo esto? Porque encuentro un texto que cita a Bordwell y a Barthes, que se propone a hablar sobre una película, pero se pierde entre esdrújulas y citas, y de la película sólo concluye que forma parte de un cine que exige la participación del espectador y que es éste último el que puede decidir qué forma darle al film. Completamente de acuerdo. Pero es lo mismo que ya había leído en los dos textos anteriores.
Hablar sobre cine debería tratarse de discurrir y discutir sobre las películas, desentrañarlas todo lo que fuere posible y con todos los mecanismos e ideas al alcance. Pero nunca anteponiendo el narcisismo a la obra elegida, que pasa de este modo a ser la mera excusa para que el redactor de turno pueda hacer gala de sus conocimientos. Los espectadores podrán estar en decadencia o no; en todo caso, los que lo están no creo que estén disconformes con su situación y tampoco deben entrar muy seguido a sitios como éste, como para permitirle al autor la soberbia de decirle "vos necesitás ser educado".
Hablemos de cine y derivemos hacia cualquier lado, pero seamos un poco más modestos y saquémonos el monóculo. Ampliemos la discusión sobre el cine y sus posibilidades sin pasar a ser burdos para trasnmitir nuestras ideas. Intentemos que la discusión sobre cine permita que "La mujer sin cabeza" sea vista por más espectadores. Que el cine se reproduzca y no sea una ceremonia endogámica de unos pocos sabihondos.
Saludos.
No me parece que haya narcisismo en el artículo que habla sobre Bordwell y Barthes (¿está mal nombrarlos si vienen al caso?) aunque es cierto que el texto es esclarecedor -y hasta didáctico diría en un punto- pero no termina de plantear una mirada particular cómo sí lo ha hecho éste crítico en otras críticas de este sitio.
Abogo yo también para que el filo de la crítica nos ofrezca más que términos al uso. Ahora, releyendo el comentario anterior, se me escapa la relación de "Esculpir en el tiempo" con "la domestificación del sistema" a no ser que sea un lugar común como el que se trata de erradicar cuando se habla en el mismo comentario del mito de la sabiduría que detentan unos pocos que desprecian al espectador común. No me parece ni muy muy ni tan tan.
Anónimo, cuando me refiero a "Esculpir en el tiempo" precisamente lo hago en referencia a una pose. No hace falta hurgar mucho para reconocer en una gran cantidad de estudiantes de cine cierta ansiedad por mostrar que son, precisamente, "estudiantes de cine" y no abogados, administradores, despachantes de aduana, etc. Aquellos con el libro de Tarkovski bajo el brazo serían los que no cedieron a la presión de una carrera de grado o, en todo caso, tan común, rutinaria. A este respecto, parecería que ser "estudiante de cine" fuera una forma de contestación contra el sistema, para algunos. Cierta soberbia condescendiente hacia los que no son del mismo palo.
Esa pose es tan reconocible como la de algunos sectores de la crítica empecinados en postularse como doctos en no se qué, usando términos superfluos, rebuscados o á la mode; o bien incluyendo innecesariamente alguna cita literaria, autobiografías. La revista "El amante" se ha convertido un poco en eso, como ejemplo.
Por supuesto que no hay nada de malo en nombrar a Barthes y Bordwell, citarlos o discutirlos. Podés leer bien que mi propuesta sigue siendo discutir sobre cine con todas las ideas y herramientas al alcance, y desplegar de ese modo todo un abanico de nuevas discusiones. A veces, sin embargo, siento que el objetivo primordial no es ese enriquecimiento.
Esperaría que estos comentarios no sean tomados como manifiestos reaccionarios que proponen una crítica llana y simplona. La crítica cinematográfica puede ser todo lo compleja que quiera y no tiene por qué estar al servicio de todos los públicos, del mismo modo que no odas las películas estñan destinadas a los mismo espectadores. Sin emabrgo, se puede ser elaborado y no rebuscado. Y mientras más pueda el ector concentrarse en los argumentos antes que en el autor, el cine seguirá siendo un objeto de estudio, fetiche o lo que se nos plazca.
Saludos, Anónimo.
Diseño de imagen y sonido en la uba es una carrera de grado, Leandro.
Colega, si estas de acuerdo podemos hacer intercambio de links para promocionar ambos blogs. Te felicito por las criticas. Saludos, El Samurai www.criticandocine.com.ar
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