"Entre lo que se alucina, lo que se quiere ver, lo que se ve realmente y lo que no se ve, el juego es infinito: es ahí donde tocamos la parte más íntima del cine". Serge Daney.

21 de julio de 2010

Uno y el cine

A Michel Foucault le servía la idea de preguntarse por qué no podía adoptar él un joven de más de veinte años para pensar que las relaciones sociales están siempre reguladas por un poder que nos excede, ante el cual una opción a tomar, no siempre obligada, no siempre moral, es resistirse. Además de las familiares, las laborales, las de amigos y vecinos, ¿cuántos otros tipos de relaciones podrían existir? Matrimonios, novios, amantes. ¿Cuántos más?

Godard (¿o era Truffaut?) recomendaba entrar a una sala de cine con la película empezada y verla por la mitad, o verla desde el comienzo y levantarse a los veinte minutos y entrar en la sala de al lado. Relaciones posibles.

Con este blog mi relación fue la de una ausencia de semanas largas. También con el cine. Pero la distancia también regala sus sentidos y permite resignificar mejor algunas cosas. O no.

Poco importa, de todas formas siempre se escribe para que a uno lo quieran. Y Roland Barthes siempre tiene razón.

2 de mayo de 2010

Ser nuevo es no envejecer

No es poco común encontrarme con alguien que para referirse a una película de hace 4 ó 5 años la llame “vieja” o algo similar. Y partiendo de la obviedad de que a ningún clásico se lo llama viejo (¿quién le diría así a la novena sinfonía de Beethoven o a Crimen y castigo de Dostoyevski?), lo que no es común es encontrarse con esta idea automatizada del lenguaje cotidiano en el campo de otras artes alejadas del cine. Lo que viene a marcar la diferencia es la fuerza del mercado (ostensible en el cine como fenómeno masivo y como industria cultural), que lava nuestros sentidos y decide a través de lo que decimos, o creemos decir. Yasujiro Ozu nos ofrece algunas ideas, simples pero certeras, en la siguiente escena de su película Las hermanas Munekata:

15 de abril de 2010

Bafici 2010 (2) Estar y no estar en el mundo

Cuchillo de palo
Renate Costa
Paraguay, 2010, 95'

Como una sombra en fuga permanente, desunida del cuerpo que supuestamente la proyecta. Como estar y no estar en el mundo; así es definida en un momento de la película la vida de Rodolfo, el tío de Renate Costa, la directora de Cuchillo de palo (y productora de aquel otro documental imprescindible llamado Cándido López, los campos de batalla, también presentado en el Bafici de hace algunos años) que, sin grandes pretensiones, construye con delicadeza (salvo durante el innecesario perro del final) una mirada que interroga sobre los misterios de la identidad. El tío de la directora ha muerto hace diez años, dicen que de tristeza, pero ¿quién era su tío? y ¿cómo es que alguien puede morir de tristeza? Si el disparador narrativo de este documental autobiográfico parece desde el vamos no presentar demasiado interés para eso que suele llamarse el espectador promedio, todo se revierte cuando el relato (con un montaje que vuelve los detalles simples en grandes incógnitas) nos indica que Rodolfo solía cambiar de nombre según la gente con la que se relacionase y que, además, era un 108. ¿Un qué? Una suerte de eufemismo con que la dictadura de Stroessner (dictador que ejerció el poder entre 1954 y 1989 en Paraguay) solía llamar a los homosexuales a partir de la publicación de una lista con 108 personas acusadas de semejante vandalismo moral. Entonces, a partir de ahí, la película ya es otra cosa; empieza a intersarse por cómo la ausencia de dictaduras o poderes visiblemente coercitivos, en el presente, no garantiza de forma automática la presencia del otro como un interlocutor válido. Porque el discurso es hijo, siempre, de la historia. Y si la historia está embarrada, las palabras de hoy, expuestas al sol de la cultura durante varias décadas, se terminan secando y es difícil ablandarlas. La mirada, como la palabra, se vuelve unívoca, y el otro viene a demostrar cuán lejos o cerca se encuentra de nuestra verdad empaquetada (y regalada por los otros, con moño y todo) para funcionar como automática justificación y defensa de nuestro miedo más íntimo: lo diferente. No estaría mal pensar en Cuchillo de palo como un ejercicio en versión invertida de una de las grandes ideas de Oscar Wilde: el documento autobiográfico como una de las formas de la critica.

9 de abril de 2010

Bafici 2010 (1) Morir como un hombre

Morrer como um homem
João Pedro Rodrigues
Portugal, 2009, 134'

Ajami fue mi primera película de este Bafici 2010, y también el primer cachetazo, no porque la película sea mala (es parte del montón, irrelevante, y gusta como un caramelo de marca Iñárritu que al poco tiempo desaparece) sino porque ilumina el resto de la infinita programación y refuerza la idea, tan propia de los festivales de cine, de que la magia está en los detalles de las pequeñas películas y no en las que subrayan lo seguro. La segunda que vi, y de la que nada sabía, fue Morrer como um homem (Morir como un hombre); en segundos me devolvió a ese estado de indecible felicidad que todo cinéfilo sufre cuando se interna en un festival. La tragedia de João Pedro Rodrigues cuyo protagonista es Tonia, un travesti enamorado, es una apología de la intensidad, pero no en un sentido almodovariano sino a la inversa. La extroversión y la parodia están plegadas hacia adentro, como si fueran tumores de un cuerpo que las sufre en libertad y que a la vez excluye cualquier tipo de renuncia a las formas, a la apariencia deseada, a las imágenes propias y compartidas. La pantalla adopta su condición de travestida natural y cambia de forma (de colores, de registro actoral, de verosímil) según el deseo intransigente y doloroso de su protagonista, promoviendo en casi todos sus planos la certeza melodramática señalada por Oscar Wilde de que en la superficie (las imágenes) está el conocimiento exacto de las cosas. En ese debate permanente entre el cuerpo real y la imagen plural que se desea construir de él (que a decir verdad es menos debate que lucha sanguinaria y a muerte) Morir… despega sus pies de la tierra y vuela libre como pocas películas, tal como hace el exquisito último plano que se mueve por el aire, incorpóreo, testigo de Tonia viviendo eterna su show más íntimo y verdadero. Una delicia de película.

18 de marzo de 2010

Sobre un plano de Alicia en el país de las maravillas

El mejor plano de Alicia en el país de las maravillas (Tim Burton, 2010) es un guiño formal que permite comprender, casi al instante, que tanto Alicia como el espectador están ingresando a un mundo de reglas absurdas. Aun así, este sentido implícito es, también, puramente sintomático. Al menos Burton avisa temprano y no traiciona demasiado: porque cuando al comienzo de la película Alicia termina de caer por el agujero y todo aparece patas para arriba, a los pocos segundos, sin embargo, la cámara gira 180 grados para que ella caiga al suelo y pueda ponerse de pie. Burton, como Gilliam y tantos otros, solían dejar la cámara dada vuelta. Pero ya no.

21 de febrero de 2010

Más vida

¿Será verdad que existe más vida en un kodama dibujado a mano por Miyazaki que en las casi tres horas de Avatar? Quizás. Al menos algo muy parecido sentí hace algunos días mientras disfrutaba de esa belleza que es La princesa Mononoke, y de cómo el director japonés se las ingeniaba para hacer que los malos fuera buenos y los buenos, malos, o algo bastante similar. Si hoy alguien me pregunta si Avatar me gustó, respondo que sí. Un show de fuegos artificiales también me gusta.